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Huyeron de Namiquipa y ahora exportan a Asia


La imagen de Ernesto Friessen Voth no encaja en el estereotipo de un campechano, pero debió acostumbrarse al gentilicio cuando acá vino a aventarlo la inseguridad que su familia, como otros menonitas norteños, enfrentó en su originario Chihuahua desde la década pasada.

“Venimos de Santa Clara, Chihuahua, por la inseguridad, pero también porque ya no había tierra y sabíamos producir avena y frijol, pero le aprendimos a los que llegaron de Tamaulipas a trabajar la soya y se paga mucho mejor.

“Ahorita pagaron 7 mil 200 pesos la tonelada, contra 3 mil 500 de la de maíz”.

Este hombre rubio de 1.93 metros de estatura y 25 años de edad es el arquetipo de los menonitas mexicanos cuyos proyectos improbablemente coincidieron geográficamente en la Península de Yucatán con los de Alfonso Romo Garza, un empresario bien conocido en el norte del país y quien recientemente cobró más fama como asesor del candidato a la Presidencia por Morena, Andrés Manuel López Obrador.

Ellos, con sus prácticas centenarias, y él, con capital propio y de la multinacional Cargill, detonan la producción de soya y maíz en la región, útil para alimentar a los cerdos cuyas partes consumen crecientemente habitantes de Asia, en una cadena de producción que apuntala a México como una potencia productora de carne.

La vida en Hopelchén

“La televisión está prohibida por la religión, el internet también se prohíbe. Aunque algunos sí tienen acceso, como yo, porque mando facturas, hago contratos y veo precios de la Bolsa de Chicago, pero no es para diversión; así se ha tenido que aprender para vender la soya, la mayoría que se vende es por contratos y se necesita internet”, dice Ernesto.

Su cabello apenas se asoma bajo la gorra beisbolera que nunca se quita y solo la acomoda para pensar en algunas respuestas.

El trabajo de campo es quizá lo que lo mantiene tan delgado que algunos podrían pensar que pasa hambre. Su piel blanca que parece no quemarse nunca con el sol, la sonrisa con dientes alineados y el rostro de nariz afilada son tan ajenos que podría pensarse que solo encaja bien en la nueva Santa Rosa, Hopelchén, una de las 14 comunidades menonitas recientemente asentadas en Campeche, provenientes de estados del norte del país y que surten de soya a la industria de Yucatán.

Él es responsable del acopio y venta de la cosecha, unas 17 mil toneladas que hasta hace 8 años fueron primordialmente de maíz, pero “le aprendieron” a los menonitas originarios de Tamaulipas, que están en Las Flores, Campeche, cómo producir soya y ahora cosechan 10 mil toneladas al año de ese cultivo.

“Algunos menonitas tienen tierra porque hace 14 años, cuando vino mi papá, la hectárea costaba 2 mil pesos, ahora una hectárea la venden en más de 35 mil pesos”, dijo Ernesto, quien mueve sus manos hacia atrás cuando habla del pasado y recuerda que la migración es parte de la religión, del bienestar, porque trabajan donde hay tierra.

“Algunos ya se han ido para Argentina, allá está barata la tierra y se permite sembrar soya transgénica, es más rentable”.

Ernesto domina los tres silos y dos secadoras que tiene a su cargo, controla el almacenaje de cada uno, con capacidad para 2 mil 800 toneladas. Y mientras los camiones con espacio para 45 toneladas se llenan de granos, relata que en la península está el principal comprador: “se le vende a Chiapas, pero Yucatán compra más, ‘la Hidrogenadora’ compra casi toda la soya”. Explica en referencia a la empresa yucateca Proteínas y Oléicos.

Santa Rosa, la comunidad donde vive con su esposa, se compone de 50 familias que habitan casas de un solo piso con techos a dos aguas pintadas de gris o blanco. Ninguna familia parece querer llamar la atención, ni con el color de la fachada, ni con música. Predomina el silencio.

El día empieza a las 7 de la mañana cuando los hombres se van a trabajar, ya sea al campo, al taller mecánico o a vender la cosecha; las esposas se quedan en casa limpiando, horneando el pan para la comida y cuidando a los hijos que aún no asisten a la escuela porque no han cumplido siete años.

Esa pequeña comunidad se dedica 100 por ciento al campo: “cuando llegamos acá a Campeche, en el año 2000, tenía 9 años, yo soy el mayor”.

La tradición migratoria de los menonitas los trajo desde el norte del país a la península yucateca, y su religión y forma de vida transformaron la forma de trabajar y cultivar la tierra en Campeche, lo que se ha extendido a otros estados de la región.

El primer asentamiento en Campeche llegó hace 30 años, cuando el obispo menonita avaló la compra de tierras a miembros de su grupo de La Honda, Zacatecas. Ellos fueron quienes fundaron Nuevo Progreso, en Hopelchén.

Hoy es la comunidad más grande con 400 familias en 12 mil hectáreas, es la más antigua y la única en el estado que lleva la tradición de la religión menonita al pie de la letra.

Sin embargo, las 14 comunidades restantes que se han formado en Campeche provenientes de Chihuahua, Tamaulipas, Zacatecas y Durango, se distinguen por esquivar la ortodoxia y por su producción agrícola que suma más de 25 mil hectáreas.

“Los de Nuevo Progreso son los más antiguos, se vinieron de Zacatecas hace 30 años”, comenta Ernesto, “son radicales, utilizan carretas porque la religión les prohíbe manejar carros y utilizan overoles y sombreros”.

“Algunos dejaron esa comunidad y se han marchado a otra que se llama Santa Clara o fundaron otra como Santa Fe”, afirma.

“Ya somos 14 comunidades menonitas en Campeche que producimos maíz y sorgo cuando no hay temporada de maíz. Pero lo que producimos más porque es tres veces mejor pagado, tiene más rendimiento y no requiere tanta agua, es la soya”.

más Información : BLOOMBERG POR VERÓNICA MARTÍNEZ

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