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Gabriel Tepórame, Audaz y Valiente Líder Tarahumara


Guerrero, Chih.- El día veintisiete de febrero de 1653, un grupo militar formado por doce soldados españoles y veinte indígenas de a pié comandados por Don Sebastián de Sosoaga y Don Cristóbal Nevarez, en un paraje montañoso cercano al poblado de Pichachíc, dieron alcance y tomaron prisionero a Don Gabriel Tepórame (el Hachero) quien era acompañado por su guardia personal : el Cacaste, Perico, Gordo y Mulato.

Tan pronto como fueron sometidos, fueron conducidos al Valle de Tomochi, que se encuentra a unas siete leguas de Pichachíc; lugar donde se encontraba provisionalmente el cuartel militar con la presencia del Gobernador de la Nueva Vizcaya Don Diego Guajardo y Fajardo, y el aparato judicial que sometería a juicio al tan “sanguinarios delincuentes”.

“Una tradición para el pueblo de Tomochi”

Don Gabriel Tepórame era perseguido por haber sido el Capitán General de la insurrección del pueblo Tarahumara que se levantó en feroz rebelión a partir de la primavera de 1650, dando muerte a los santos misioneros Jesuitas Cornelio Beudín (1650) y Antón Basilio Jácome (1652) y concluyendo la sangrienta insurrección en mayo de 1652 con la muerte de todos los pobladores (66 aprox.)y la destrucción total de la recién creada población hispana que llevaba el nombre de Villa de Aguilar; pequeño caserío rodeado por un alto muro todo construido de adobe y ubicado en donde hoy en día se encuentra el pueblo de Basuchil.

El objetivo principal de tal rebelión era el de expulsar o deshacerse de todas las familias de “Chabochis” que habitaban desde hacía algunos años en la región y empleaban a los rarámuris en las labores domésticas y del campo; más el trato que éstos hispanos ofrecían al nativo era inhumano y esclavizante.

Así, Don Gabriel, el Teporaca buscó recuperar la libertad de su pueblo, defender su dignidad, evitar el despojo material del que estaban siendo objeto y no permitir que los blancos, barbados y ladrones los desprendieran de sus dioses, sus costumbres, su forma de vida, su espiritualidad; su todo.

De aquí, que con toda propiedad podemos comparar al gran Gabriel Tepórame con Cuauhtémoc el último emperador Azteca.

El día uno de marzo de ese fatídico año (1653), se inicia el “juicio” sumario contra el Capitán general de esa justa rebelión de los Rarámuri Don Gabriel el Tepórame (teporaca) acusado del delito de organizar a sus hermanos de sangre y encabezar esa insurrección que tenía como propósito el de recuperar la libertad del yugo hispano.

Las personas que formaron el grupo de acusadores y jueces fueron las siguientes: el Gobernador de la Provincia de la Nueva Vizcaya Don Diego Guajardo y Fajardo, el Capitán Don Juan de Echeverría, el escribano Don Diego de Galarreta, Don Diego De Lara y Aldana, Sargento mayor Alonso Ramírez de Prado y el General Sebastián de Sosoaga.

Para abrir el juicio se ordenó arrimar al lugar a todas las familias que vivían en las cercanías del Valle de Tomochi para que presenciaran lo que a ellos les pasaría si se les ocurría volver a tomar las armas contra españoles; el primer dictamen del jurado fue el de amarrar y castigar hasta la muerte a los cinco acompañantes del Tepórame al momento en que fue tomado prisionero, ellos fueron: Cacaste, Perico, Gordo, cigarro y Mulato.

Se nombró como intérprete a Don Baltasar, indígena cacique natural de Tutuaca y que medio entendía el castellano, quien en vos alta le informaba a la gente reunida cada determinación importante que el jurado dictaba.

Sin mucha discusión ni demasiados alegatos, ya para el día tres de marzo tenían lista la decisión: para el siguiente día, o sea cuatro de marzo, Don Gabriel Tepórame sería ahorcado colgado de un alto y frondoso pino a unos cuantos pasos del lugar del juicio, prohibiendo terminantemente fuese descolgado; debería permanecer así para ejemplo de todo el pueblo Tarahumara y hasta que los animales carroñeros dieran cuenta del cuerpo.

Durante todo el juicio el acusado permaneció sin habla, no fue hasta que le dieron orden de que se confesara ante el bachiller Don Juan Tello, Presbítero capellán mayor de ese ejército para que le diera el “bien morir” cuando a vos de cuello gritó -- que no se confesaría, que para él solo los dioses de sus antepasados existían, que no había ni gloria ni infierno y dirigiéndose al publico les expresó que no cambiaran sus creencias y que no permitieran que gente extraña y mala se metiera entre la población Rarámuri o de lo contrario muy pronto desaparecerían. --Todo quedó en un sepulcral silencio por unos momentos, luego con el dogal al cuello, poco a poco fueron levantando el cuerpo que al ir subiendo se debatía entre la vida y la muerte, al quedar pendiente en la cúspide del pino se perdieron los movimientos; aún así le lanzaron algunos de sus hermanos de sangre fustigados por los soldados, decenas de flechas que laceraron el cuerpo que despedía sangre a borbotones.

Así murió el gran defensor del pueblo Tarahumara, colgado de un frondoso árbol al igual que Cuauhtémoc el “último emperador Azteca” a quien Don Hernán Cortés mandó ahorcar de un alto árbol para que no fuera a organizar otra rebelión indígena. Este es el capítulo en la historia del grandioso pueblo Rarámuri acontecido el cuatro de marzo de 1653, que año tras año se recuerda con profundo amor en el pueblo de Tomochi.

Ellos tienen la convicción y total seguridad que el espíritu guerrero del legendario TEPÓRAME sigue corriendo por su sangre y que seguirá vivo mientras quede un solo indígena que defienda la libertad, la justicia, el espacio y sobre todo la dignidad de esa admirable raza.

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